Desde la baranda de piedra, contemplo la casa solitaria y sus ventanas iluminadas como un faro tibio en la bruma. El árbol seco parece inclinarse hacia ella, como si escuchara secretos que el viento no se atreve a repetir. Los pájaros cruzan el cielo en silencio, trazando rutas invisibles sobre las aguas quietas.
No hay nadie más, solo yo y este paisaje que respira despacio, como si estuviera esperando algo. La luz del atardecer se curva, se pliega, y por un instante el tiempo parece detenerse. Es entonces cuando la casa parece parpadear, y su puerta se abre sin que nadie la toque. De ella sale una figura hecha de niebla, que me reconoce y me llama por mi nombre, aunque yo nunca he estado aquí antes.
A.I. (Copilot) y posterior edición.